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Viaje a Madeira

El paraíso portugués

A comienzos de abril los chubascos son frecuentes, pero el clima templado permite al visitante moverse en manga corta por la ‘isla de las flores’. Hasta hace poco Madeira tenía el aeropuerto con la pista más corta del mundo, pero las laderas de sus montañas son infinitas.

Cubierta de vegetación multicolor y frutos que van desde los plátanos hasta la deliciosa maracuyá, Funchal, la capital, es una mezcla de tradición y multiculturalidad. Alemanes, ingleses y españoles aprovechan el descanso de Semana Santa para invadir esta isla descubierta por João Gonçalves Zarco en 1429.

Los extrovertidos madeirenses reciben al visitante con su cerrado acento y un brillante sentido del humor, que se traducen en abundante hospitalidad. La cercanía de sus 260.000 habitantes -entre Madeira y la vecina Porto Santo, 120.000 en Funchal- se plasma en los comercios, pequeños establecimientos con ambiente de un tiempo pasado, ajenos al consumismo de nuestros días. 

El costumbrismo alcanza en la isla tintes pintorescos que la diferencian del resto del mundo. Un buen ejemplo lo constituyen los carinhos do cesto o toboganes del barrio de Monte, en Funchal. Se trata de una especie de sofás de mimbre que los os avezados carristas empujan cuesta abajo. Los tusistas viajan en su interior a más de 48km/h, entre los coches. Los ‘pilotos’, vestidos con trajes típicos de algodón y botas con suela de goma que usan como freno, son símbolos de la “madeirinidad”.

Otro epicentro de la capital es el Mercado dos Lavradores. En él se exhiben las frutas más exóticas, enormes atunes y la artesanía textil heredada de la colonización inglesa. Los animales de corral como pollos y conejos descansan en el centro de la plaza.

Los vendedores, entre los que destacan mujeres vestidas con el traje tradicional de Madeira, ofrecen a los turistas degustaciones de multitud de variedades de maracuyás, piñas y plátanos. Estos últimos recubren las montañas de la isla colgando de bananos, una hierba que, en Madeira, produce una especie pequeña y muy dulce de esta fruta.

Funchal debería ser considerado reserva de la biosfera en su conjunto. Hasta su nombre proviene de una planta: el ‘funcho’ o hinojo, cuya plantación se conoce como ‘funchal’. A cada paso que se da por la ciudad aparece un jardín botánico lleno de palmeras, helechos, flores de todos los colores, e incluso loros y cacatúas. 

Al suroeste de Madeira se encuentra Cabo Girão, el acantilado más alto de Europa y el segundo más alto del mundo. El terreno, escarpado en caída vertical hacia el mar, está poblado de bancadas: franjas de cultivos en diferentes niveles, separados por muretes de piedra.

Un poco más al oeste se encuentra Cámara de Lobos, un pequeño pueblo de pescadores que debe su nombre a que antiguamente se acercaban a su costa lobos marinos. También es famoso porque tras la II Guerra Mundial fue visitado por Winston Churchill, que aprovechó su impresionante paisaje para  pintar.

Durante el ascenso por la ladera se va dejando atrás el sol y la niebla nos va envolviendo. El paisaje también nos regala dos enormes cascadas de camino hacia el noroeste. Y ya en Porto Moniz es posible contemplar un curioso fenómeno: las piscinas naturales creadas por el basalto volcánico en la costa, rellenadas con agua del mar.

De regreso hacia el sur nos topamos con una fábrica de melaza. Esta dulce sustancia, muy similar al caramelo, se obtiene de exprimir la caña de azúcar y a continuación calentarlo con agua. La melaza se puede emplear para elaborar pasteles o galletas (broas). Pero el principal destino del jugo de caña en Madeira es la poncha, una especie de ron típico de la isla, similar al ron miel canario.

Cristiano Ronaldo es sin duda el hombre más famoso de Madeira. Nació en el humilde barrio funchalense de Santo Antonio, pero la avalancha de fotógrafos que inundó la isla tras su fichaje por el Manchester United hizo que el futbolista mandase destruir el edificio. Más tarde pudo permitirse regalarle dos casas modernistas a su madre y su hermana, y construirse una tercera para él, todas junto a la costa de Funchal.

Más al norte de la capital se encuentra una cadena montañosa con los picos más altos de Madeira: el pico Areeiro (1818m) y el pico Ruivo (1862m, la cubre más alta). Durante el ascenso se pueden observar unas zanjas cavadas en la tierra. Se trata de las levadas, unos canales que recogen el agua de la lluvia y la transportan de norte a sur de la isla para abastecer a la población e irrigar los terrenos.

El pico Areeiro está un poco negruzco debido al enorme incendio que sufrió la isla en 2010 (pocos meses después de que las lluvias torrenciales dejaran cincuenta muertos…) A pesar de las catástrofes naturales que asolaron Madeira, la isla se ha recuperado considerablemente gracias a la repoblación de su flora. De hecho, a escasos metros de este monte se encuentra el Bosque de Laurisilva, con grandes árboles cuyas hojas se parecen a las del laurel, declarado Patrimonio Mundial Natural por la UNESCO.

Por la carretera hacia el norte se pueden ver todo tipo de árboles frutales, como bananos, piñas, chirimoyas, papayas, etc.  Más al noreste, en Santana, asistimos a unas curiosas construcciones típicas de la isla, de forma triangular y de colores. Pero escasean debido a que tienen el tejado de paja y ya casi no se siembra trigo. En Porto da Crus la naturaleza nos ofrece una impresionante panorámica de acantilados verticales junto al mar.

En el corazón de Madeira se encuentra un pueblo hundido en las profundidades de un cráter. Es Curral das Freiras, un pequeño núcleo de habitantes creado en el siglo XIV, cuando la invasión de piratas franceses obligó a las monjas de la isla a refugiarse entre las montañas.

El océano Atlántico alberga gran diversidad de fauna, que se manifiesta en la costa madeirense. Tres variedades distintas de de delfines nadan habitualmente en aguas del archipiélago, haciendo las delicias de los turistas que los observan desde catamaranes. Ballenas y tortugas también habitan en las profundidades del océano, pero son más difíciles de ver que los sociables ‘golfiños’. Éstos miden hasta tres metros, según su especie, y merodean por el litoral madeirense dando brincos en grupos que superan la docena.

  

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